“Un mundo falaz” e “Inteligencia artificial y defensa” de Ángel Gómez de Ágreda. Dos obras indispensables sobre geopolítica, desinformación e inteligencia artificial.
Posted: May 6th, 2026 | Author: Domingo | Filed under: Geopolitics | Tags: Desinformación, Geopolítica, ia, inteligencia artificial, LLMs | Comments Off on “Un mundo falaz” e “Inteligencia artificial y defensa” de Ángel Gómez de Ágreda. Dos obras indispensables sobre geopolítica, desinformación e inteligencia artificial.Ángel Gómez de Ágreda es una de las referencias intelectuales más sólidas en España y Europa para comprender la intersección entre geopolítica, desinformación e inteligencia artificial generativa. Coronel del Ejército del Aire y del Espacio en la reserva, doctor ingeniero, analista estratégico y divulgador, su trabajo destaca por conectar la reflexión filosófica sobre la verdad y el conocimiento con las transformaciones tecnológicas y militares del siglo XXI.
En 2025, junto Enrique Martín Romero, escribió Inteligencia artificial y defensa. El impacto en los ejércitos. Y este año 2026 acaba de publicar Un mundo falaz. El nuevo orden global en la era de los algoritmos y la manipulación. La idea central alrededor de la cual giran ambas obras es la siguiente: el poder global ya no se mide únicamente por la capacidad económica o militar de los Estados, sino por su habilidad para moldear la percepción de la realidad de millones de personas.
La tesis de Gómez de Ágreda parte de una constatación esencial: la tecnología no crea nuestras debilidades, simplemente amplifica las que ya existen. La política, las plataformas digitales y ahora la IA generativa explotan la inclinación humana a aceptar relatos que encajen emocionalmente con nuestras creencias previas. El filósofo alemán Markus Gabriel define esta situación como posrealidad: un estadio en el que ya no se manipula únicamente a otros, sino que las sociedades participan activamente en su propio autoengaño colectivo. El fenómeno va más allá de la clásica posverdad; supone la sustitución progresiva de los hechos por narrativas diseñadas para ser compartidas, viralizadas y emocionalmente eficaces.
Las redes sociales primero y la IA generativa después han acelerado este proceso hasta niveles inéditos. Gómez de Ágreda sostiene que hemos delegado no sólo tareas cognitivas en las máquinas, sino incluso la búsqueda misma del conocimiento. Lo que antes requería contrastar fuentes y desarrollar criterio propio se resuelve ahora mediante una consulta instantánea a un modelo de lenguaje. Los grandes modelos de IA funcionan como oráculos digitales cuya autoridad se percibe como neutral e infalible, pese a que no existe, ni existirá una IA neutral, imparcial u objetiva. Los algoritmos son tan neutrales como lo sea el programador que haya detrás de ellos.
El problema es que, en un contexto de saturación cognitiva, las personas tienden a aceptar las respuestas automatizadas sin apenas cuestionarlas, y aquí es cuando se produce ese salto de la manipulación técnica a la afectiva: ese momento en el que el dominio de las máquinas deja de ejercerse sobre lo que pensamos para hacerlo sobre lo que deseamos. Las máquinas lo que nos permiten es querer querer. Nos dan motivos para querer enamorarnos, para querer amar. Más que satisfacer la necesidad de recibir afecto, lo que hacen es solventar nuestro impulso de ofrecerlo. Y esto entronca con la definición certera del filósofo José Antonio Marina del sujeto contemporáneo como “crédulo, pasivo, gregario, aislado y anti-ilustrado”. El resultado es un individuo incapaz de soportar la presión del entorno.
Esta transformación social y ontológica tiene consecuencias directas sobre la geopolítica contemporánea. Para Gómez de Ágreda, el concepto clásico de soberanía debe ampliarse hacia la idea de soberanía cognitiva: la capacidad de un país o una comunidad para conservar autonomía interpretativa frente a campañas de manipulación externas. La desinformación deja de ser un fenómeno marginal para convertirse en un recurso estratégico orientado a modelar emociones, alterar percepciones y condicionar decisiones colectivas. En este escenario, el verdadero campo de batalla ya no está sólo en las fronteras físicas, sino en el interior de las sociedades.
Las doctrinas militares contemporáneas reflejan precisamente esta evolución. El autor cita al analista ruso Dmitri Trenin para explicar cómo las estrategias actuales no buscan necesariamente ocupar territorios, sino provocar caos interno y desestabilización psicológica. La doctrina Gerasimov y el llamado control reflexivo persiguen alterar la percepción que el adversario tiene de la realidad. La guerra cognitiva, por tanto, no pretende únicamente controlar la información, sino influir directamente sobre los procesos mentales de individuos y poblaciones enteras. Como recuerda Gómez de Ágreda, mientras la guerra de la información actúa sobre el contenido, la guerra cognitiva apunta al cerebro humano.
La IA generativa multiplica exponencialmente el alcance de estas operaciones. La capacidad de producir textos, audios, imágenes y vídeos sintéticos prácticamente indistinguibles de los reales transforma radicalmente el entorno informativo. A diferencia de la propaganda tradicional, los mensajes pueden adaptarse a cada perfil psicológico, difundirse masivamente y evolucionar en tiempo real según la reacción de las audiencias. Gómez de Ágreda describe cómo la desinformación funciona mediante una cadena organizada de actores: activadores, impulsores, legitimadores, bots difusores y relanzadores. La IA generativa reduce drásticamente el coste y el tiempo necesarios para desplegar este tipo de campañas, haciendo que sean prácticamente ubicuas.

Uno de los ejemplos más inquietantes citados en Un mundo falaz es GoLaxy, un sistema ya operativo en China capaz de generar avatares artificiales extremadamente realistas para interactuar emocionalmente con usuarios reales. Estas identidades sintéticas pueden actuar simultáneamente a gran escala, sin levantar sospechas y adaptándose psicológicamente a cada interlocutor. La manipulación ya no se limita al terreno ideológico; se desplaza al plano afectivo. Las máquinas no sólo condicionan lo que pensamos, sino también lo que deseamos.
China aparece en ambos libros como el actor geopolítico que mejor ha comprendido el potencial estratégico de la IA. Pekín ha articulado una ambiciosa hoja de ruta para convertir esta tecnología en el eje de su desarrollo económico, industrial y militar. Según el documento oficial chino Opiniones del Consejo de Estado sobre la aplicación profunda de la iniciativa I+D, de agosto de 2025, se pretende conseguir una penetración del 70% de terminales inteligentes y agentes de IA en seis sectores clave en 2027: ciencia y tecnología, industria, consumo, bienestar social, gobierno y cooperación global. Para 2030 la penetración tiene que ser ya del 90% pero en toda la economía. En 2035 la IA será tan universal como la electricidad, un equivalente a lo que es Internet hoy en día. La industrias, ya en 2037, se crearán con IA como sustrato y guía. Del mismo modo que surgió un nuevo tipo de economía sobre Internet, el informe propone que la nueva industria se base en los algoritmos.
Estados Unidos, consciente de esta competición tecnológica, ha respondido acelerando sus propios programas militares de IA generativa. En 2023, OpenAI, Google, Anthropic y xAI recibieron contratos millonarios del Departamento de Defensa para desarrollar aplicaciones de inteligencia y simulación de combate. Al mismo tiempo, Washington ha impuesto restricciones a las inversiones estadounidenses en tecnologías de inteligencia artificial dirigidas a China, con el objetivo de frenar el progreso de su IA militar y preservar la ventaja tecnológica occidental. La rivalidad geopolítica del siglo XXI se juega ya en el terreno de los semiconductores, los centros de datos y los algoritmos.
Sin embargo, Gómez de Ágreda advierte de que el impacto de la IA no se limita al equilibrio entre grandes potencias. Los conflictos recientes muestran cómo esta tecnología transforma también la guerra convencional. La guerra de Ucrania y el conflicto previo de Nagorno-Karabaj han demostrado que pequeños sistemas autónomos, drones baratos y capacidades de IA accesibles, pueden generar enormes asimetrías frente a armamento mucho más costoso. El campo de batalla del futuro será híbrido: físico, digital y cognitivo al mismo tiempo.
No obstante, quizá la advertencia más profunda del autor sea de naturaleza filosófica. En un mundo saturado de información, la principal amenaza no es únicamente tecnológica, sino epistemológica. Si toda comprensión implica interpretación, como exponía el filósofo Hans-Georg Gadamer en su libro Verdad y método, entonces la lucha por controlar los marcos interpretativos se convierte en una lucha por controlar la realidad misma. De ahí que Gómez de Ágreda insista en la necesidad de recuperar el pensamiento crítico y la reflexión filosófica como herramientas de defensa democrática. La gran batalla del siglo XXI no se decidirá únicamente en los laboratorios de IA o en los arsenales militares, sino en la capacidad de las sociedades para preservar su libertad cognitiva frente a un ecosistema tecnológico diseñado para influir, emocionar y manipular.
